Entré al cuarto donde habitan mis emociones.
Todas estaban en santa paz, salvo la Arrogancia.
Estaba poniéndose kilos de maquillaje en el rostro y el
resto del cuerpo; adornándolo con ropas caras y calzado de
marca de recursos difíciles para mi presupuesto.
Se reía y carcajeaba conforme me acercaba a ella.
Noté un tufo nauseabundo despidiéndose de sus axilas sin
rasurar…y un mal aliento difícil de soportar. No pude más.
La ataqué con furor y odio. Le propiné un y mil golpes con
los puños y hasta con una navaja oxidada y vieja.
Y se me escabullía cual serpiente de las manos.
– Ya no te tolero más. Me haces la vida imposible. Hago el
ridículo aparentando ser lo que no soy! Déjame! Vete De mi
vida!
Mas mi Arrogancia se reía y reía…mientras me hundía en un
agujero profundo de desaliento y mal humor.
Me retiré a cierta distancia de ella. Nos vimos por largos cinco
minutos. Sin despegarnos la vista uno del otro.
Finalmente me levanté y caminé a abrazarla.
– Está bien. No podemos vivír uno sin el otro. Trataré de poner
más atención en ti y no dejarte a solas. Si. Yo también adolezco de
faltas. Hay veces que me dejo, más bien; las más de las veces me
dejo llevar por ellas. Trataré de ser más comprensivo…
Y la abrasé contra mi pecho por mucho tiempo.
En efecto, aún no se retira de mi lado.
EO