Y hubo ese instante en que tu Nebulosa fue alcanzada
por una estrella errante. Una de millones. Que tuvo su sino
de tocarte y embarazarte un día de mayo. En medio de la
primavera. En una casa con techo de cometas y lunas.
Y un eterno arco iris de lado a lado del patio.
Donde jugaban mis hermanos con el perro y el gato.
Y las gallinas revoloteaban consternadas por tanta
algarabía. Los días se convirtieron en semanas y uno de
esos días, te diste cuenta de mi existencia. Se lo dijiste a mi
padre y los dos se abrazaron y besaron en tierna alegría.
Mi padre encontró ayuda para los quehaceres de tus días.
Y transcurridos nueve meses…una noche de febrero…
lo recuerdo claramente…había llovido como es usual por esos
días por ese pueblito cerca del mar. El tabachín frente a la casa
hacía vibrar la corriente del viento entre los brazos de sus ramas.
Y el guayabo y el membrillo se estremecían en cadente danza.
Las ranas croaban y croaban. Y el grillo que hasta la fecha vive
conmigo, cantaba. Y el lobo aullaba…el rocío y aroma de flor de
Noche se pasaba a toda la casa reposando a mitad de la cocina
cual deseando acompañarte. La leña crepitaba bajo el comal.
Había agua hirviendo para lo que se aproximaba. Mi alumbramiento.
También había chorizo, café en la olla azul cielo de peltre…mientras
mi padre, nervioso, ni gana de cenar sentía. Llegó el momento
mágico para todos y principalmente para mi. Todo se encontraba
trazado de acuerdo a las estrellas. La partera, Doña Chayo, fue
cuidadosa y precisa. Me expulsaste al primer sorbo de aire que llenó
hasta el último de mis bronquios. El torrente sanguíneo llevó oxígeno
hasta la última de mis neuronas. Como cuando el rio lleva agua a las
sandias. Y lancé mi primer grito. De agradecimiento a ti y a mi padre.
Un día iba a aprender a caminar, correr, nadar en el río, montar el
burrito de Don Goyo. Comer sandías, guamuchiles y pitayas. Ir a la
escuela, aprender a leer y escribir. Cantar y reír. Más esa noche,
antes de mi larga travesía, y en via de mientras, iba a reposar en
tu infinito, tibio y dulce pecho. Mientras saciabas mi hambre y sed.
Recuerdo cuando mi padre te besó tiernamente y se iba a descansar
por unas horas antes de irse a trabajar. Y tú, Doña Chayo y yo pasamos
una de las mejores noches de nuestros días.
Mientras las ranas croaban, el grillo cantaba y el lobo aullaba.
Feliz Día de las Madres, madre mía.
Tu hijo Ernesto.